martes, 2 de noviembre de 2010

CUENTOS

Autora: Julia García
EL JUEGO FINAL


- Solo hay un culpable… - Dijo la señorita Griffin con su voz autoritaria, al tiempo que todos la miramos asustados. – y es el profesor Ciruela.
La volvimos a mirar y echamos a reír.
- ¡Mira tus cartas! – Gritó riendo mi primo.
Annabell Griffin miró sus cartas y se dio cuenta que ella tenía al profesor Ciruela entre sus posibilidades de juego, además del candelabro, y la sala de estar.
El juego había terminado y ya que era la tercera vez consecutiva que jugábamos al “Clue” decidimos hacer un descanso.
Mi primo que desde hacía un tiempo miraba a Annabell con ojos de enamorado, y debo decir que ella también sentía algo por él, decidió acompañarla a la cocina por un trago.
El señor y la señora Sheltton fueron a la sala por un té, que Flora, la mucama, fue a preparar.
Le pedí a Evaristo, mi mayordomo, que me haga un café, y me quedé en la biblioteca acomodando y guardando el juego. Me dio de repente un golpe de curiosidad y abrí el sobre para resolverlo por fin.
Los ojos se me abrieron y algo me llamó la atención. En el sobre se encontraban la señorita Escarlata, la soga y la cocina.
En ese momento vinieron a mi mente un par de cosas: El rojizo cabello de Annabell, su figura esbelta con ese vestido escarlata delicado con su soga de raso en la cintura.
- Su soga de raso en la cintura…- Repetí para mí misma y recordé a mi primo, coqueteando con ella en la cocina.
Algo en mí se alarmó. Algo en mí dijo que no debía ser nada… pero fui a la cocina solo por las dudas.
Cuando crucé la mansión, nadie estaba por ahí. Todos habían desaparecido, y mi corazón comenzó a latir cada vez más fuerte.
De pronto me tropecé con la mesita que estaba en medio del pasillo y oí un grito. En segundos reconocí su procedencia: la cocina.
Corrí hasta allí casi tan desesperada como si me persiguieran y con el corazón a mil.
Pero cuando llegue a la cocina, Sebastián salió riendo de ella como si nada hubiera pasado.
Le miré la camisa, tenía una mancha roja.
- ¿Qué es eso? – pregunté asustada.
- Oh prima, - respondió él riendo. – me volqué jugo de granada encima, ¿Puedes creerlo?
- Ah, - asentí aún muy asustada.
- Oye, ven, quiero hablarte – con la mente desorientada, lo seguí.
- Debo agradecerte Scarlett, cada vez me siento más cerca de Annabell y esta visita a tu casa me ha cambiado la vida… - Me habló por un par de minutos que no escuché con claridad, y de pronto, sentimos un golpe. Pocos instantes después, un grito más despavorido que el anterior.
También provenía de la cocina, cori a ver, Sebastián me acompaño, no sentí nada además del galopeo de mi corazón, y los gritos de horror de todos mis huéspedes.
Entré a la cocina y vi, lo que tanto temí…
Annabell estaba muerta, de un gancho destinado a colgar carne, colgaba su soga de raso escarlata, enredado en su gargantilla, estrangulándola, y bajo de su cuerpo, tirada, la silla de la cocinera. Pero lo peor, fue ver su abdomen, todo ensangrentado, y con una herida que parecía ser una puñalada.
Todo se volvió silencioso y miré a Sebastián. Sus ojos rompieron en llanto y Evaristo lo acompañó inmediatamente fuera de la cocina.
Llamamos a la policía pero no llegó. Una ambulancia se la llevó, y un rato después, nos encontramos otra vez con todos mis huéspedes en la sala de estar. Cada uno estaba en silencio y pensativo, pero yo no quise creer lo que supuse. Sebastián no tendría razones, él estaba enamorado de ella, ella de él, y era incapaz de acabar con la vida de alguien.
Una voz interrumpió mi pensamiento:
- Solo hay un culpable… - dijo la señora Sheltton. Todos la miramos a ella, ella lo miro a Sebastián, hicimos lo mismo y lo miramos, yo rompí en llanto y él solo dijo:
- Soy el principal sospechoso porque estaba con ella, pero cuando salí de esa habitación, ella estaba viva. Amaba a Annabell, jamás la hubiera matado. Podríamos pensar que cuando me fui, la señora Sheltton entró, y la mató.
- ¿Qué yo fui la asesina? ¿Por qué habría de matarla? – Pronunció ella horrorizada.
- Porque su marido tenía fantasías con ella y usted lo sabe. – Dijo mi primo con toda razón. Todas las miradas se tornaron a ella.
- Entonces, podríamos decir que es mi marido el asesino. – Respondió ella.
- ¡Ginette! – él tenía razones también y todos precisamos explicación. - ¿Por qué razón mataría a Annabell?
- Porque ella nunca estaría contigo, porque eres mi esposo, y ella estaba enamorado del muchacho, joven y soltero.
Las palabras pronunciadas por Ginette Sheltton fueron fuertes y decisivas. Todos razonamos la posibilidad y era muy fiable, pero Harry Sheltton dijo:
- Pero yo tenía más posibilidades que tu mayordomo.
Nadie entendió, excepto Evaristo, que permaneció callado.
- Evaristo también se sentía atraído por ella, pero él es un simple mayordomo, viejo y enfermo. Era más probable que estuviese con migo. – Dijo Harry, y los focos de atención fueron a Evaristo.
- Eso es cierto, pero cuando era joven, me encarcelaron por error, y no desearía pasar ni otro minuto allí, así que no la hubiese matado aunque tuviera razones. Además… - Todos esperamos una acusación. – Flora. – Nadie entendió, pero miramos a la mucama. – Annabell era todo lo que Flora siempre soñó ser, pero sabía que no era una chica amable y pura, y adora a Sebastián como a un hijo, una muchacha así no le convenía al chico.
No le di tiempo a Flora de acusar porque no quedaba ya nadie con razones.
- Oigan, ¡Basta de acusar! Cualquiera puede haberla matado, pero dejemos que Sebastián nos cuente lo que pasó para reconsiderar.
Mi idea fue buena y él comenzó a contarnos.
- Fuimos a tomar un trago, serví jugo de granada, y me volqué encima, comenzamos a reír y ella quiso limpiarme así que tomo la punta de su soga y comencé a juguetear con ella, la cual se enganchó en su gargantilla. Intenté desatarla y la hebilla le ajustaba en el abdomen, por lo que gritó, y supe que la estaba lastimando, asique le dije que buscaría una tijera para cortar la soga. Salí de la cocina y me encontré con Scarlett, y luego no me separé de ella.
- La herida de su abdomen… - Susurré, mientras iba dándome cuenta de las cosas. Y de pronto, recodé la silla, y el golpe que escuchamos.
- Fue un suicidio, todo lleva a ello. – Dije, contemplando.
- Se subió a la silla, sujetó la soga al gancho de la carne, éste tiro su gargantilla y así la ahorcó. Pateó la silla y murió. – Expresó Sebastián entendiendo ahora todo.
- Le temía a la muerte. – Respondió Flora – No habría hecho algo así, además, ella no era infeliz, tenía lo que deseaba.
- Pero todo indica que eso fue Flora. – Dije intentando hacerles quedar esa idea.
- ¡Calla, mujer! – Me gritó – Todavía nos queda un sospechoso y eres tú.
- ¿Yo? – pregunté incrédula.
- Sí, tú, ella iba a quedarse con lo que tú tanto deseas y amas… Sebastián.
La declaración que paralizó a todos y dio a luz a la verdad. Yo había matado a Annabell, porque amaba a Sebastián y ella iba a quedárselo. Nadie pudo probarlo, puesto que no tuve oportunidad de entrar a la cocina, Sebastián estaba con migo. Tampoco dije cómo lo había hecho, pero confesé. De todos modos, nunca consiguieron meterme en prisión, ya que no tenían con qué probarlo. Todo salió a la perfección, y al final, el juego tuvo razón. Scarlett es la asesina. Con la soga, y en la cocina.